Horror vacui: imagen y sonido en la cobertura de la crisis política en Puerto Rico

La profesora Silvia Álvarez Curbelo bosqueja los primeros párrafos de una historia todavía por escribirse del todo, esa del verano boricua del 2019. Pero en términos mediáticos, quizás ya se puede ser categórico con los aciertos y fallos de la cobertura periodística –particularmente la televisiva–.

(Andrés Santana Miranda / ONCE)

Por: Silvia Álvarez Curbelo • 26 de agosto de 2019

Dicen que no hay barroco sin horror al vacío. Ciertas interpretaciones culturales caracterizan al Caribe como un teatro barroco lleno de amalgamas y sincretismos. Y sí, con un acusado horror a los espacios sin ocupar y adornar. En el discurso –se argumenta–, los caribeños ornamentamos, multiplicamos los adverbios, adjetivamos ad nauseam y eludimos el camino principal para irnos por las bocacalles a la hora de describir y analizar. Como en todo estereotipo, en esta valoración hay reducción y caricatura, pero también mucho de cierto y de sabio.

Las jornadas de protesta en Puerto Rico durante el verano del 2019 constituyen un paisaje barroco en términos de eclosión expresiva, estallidos contrastantes y performances del cuerpo, por nombrar algunos elementos destacados. En tanto evento de comunicación, las protestas pusieron a prueba la capacidad de los profesionales de los medios de adentrarse en los pliegues de estas, ajustarse a sus fluctuaciones y poder calibrar, desde las palabras y las imágenes, un tejido social, político y cultural espeso.

La secuencia de eventos que culminó con la renuncia como gobernador de Ricardo Rosselló Nevares se inició con la develación –por parte del Centro de Periodismo Investigativo– de 889 páginas de un chat que fue devorado por consumidores de información ya estimulados por desarrollos recientes, como las confesiones del hijo del exsecretario de Hacienda y los arrestos de altos funcionarios y contratistas del gobierno por esquemas de corrupción. Eran consumidores que nunca habían dejado de ser ciudadanos, en gran medida, porque no hay tal dilema. Se tiraron a la calle, ocuparon las redes sociales, cacerolearon nuestras noches. Con perreos combativos intensos, cadenas de brazos cruzados, rogativas y arte espontáneo repudiaron la obscenidad del un chat.

De paso, desbancaron las representaciones robóticas de que los millennials eran todos clones de los Elías Sánchez y Rosselló Nevares que dirigían al país y otros ejes de poder. También, que los que protestaban en Puerto Rico eran solo los baby boomers y sus hijos, nostálgicos de las luchas de los trabajadores y los paros universitarios. Incorporó, para quienes no se habían dado cuenta de su existencia, a la generación Z, articulada desde las carencias del colapso fiscal y el trauma del huracán María.

Las calles se convirtieron en tarima, tanto las del San Juan colonial como la del expreso contemporáneo como las que rodeaban las plazas y los accesos a los pueblos. Ante los ojos de millones en Puerto Rico y en el mundo, estallaron los sentidos de la insurrección.

¿Cómo se cubrieron esas múltiples visualizaciones y sonoridades?

Las protestas –al son de cueros y coreografiadas a lo electric slide– se convirtieron pronto en trending topic global. Las redes explotaron con memes, selfies testimoniales, transmisiones vía Facebook Live y producciones artesanales y sofisticadas. David Begnaud, con galones ganados por sus reportajes sobre María, se convirtió en un referente de información e interpretación y en objeto del deseo. Jay Fonseca, a pesar de sus decibeles, dio en sus múltiples plataformas constancia de un trabajo de primera línea, de bucear información y atar cabos sueltos.

Pero para las audiencias locales que no estaban en las calles y las redes, fue la televisión la que tramitó imágenes y registró sonidos de la encendida calle. Y lo hizo de manera torpe, tartamuda y miope.

Los flujos barrocos, nunca en línea, siempre ondulantes, siempre en fuga, no pudieron ser apalabrados por unos reporteros rebasados no solo por los acontecimientos, sino por sus estancadas rutinas profesionales. Dando por descontada la dificultad de transmitir en vivo –no hubo balas ni macanas, pero sí gases lacrimógenos–, la incapacidad de dotar de un plus de sentido a la imagen y a los sonidos, más allá de la superficie que ofrecía la pantalla, fue dolorosa.

El horror al vacío sonoro desencadenó en redundancias, lapsus, adverbios y adjetivos a tutiplén, desvíos autorreferenciales sobre cómo hablar con una máscara puesta, intercambios anodinos con los que protestaban e intercambios blandos con la autoridad pública, que se atrevió a declarar a la Constitución en suspenso y los derechos de reunión sin efecto al filo de las once de la noche.

Eventualmente, el horror a no llenar el mínimo hueco se aplacó con moralismos, la última línea de defensa cuando ya no hay nada que decir. La narrativa televisiva se rellenó con admoniciones por una violencia que se le adjudicó con premura a los que protestaban, con remilgos ante los que “fumaban droga” y con mojigaterías porque una protesta “pacífica” había desembocado en caos. En el estudio las cosas no fueron mejor. Años de erosión en la calidad de los noticiarios y de programas de análisis pasaron factura.

¡Qué oportunidad perdida! El temor al vacío en una televisión que se monta con los códigos del entretenimiento y el faranduleo necesita con urgencia una insurrección en sus rutinas. Afortunadamente, en cuanto a la crónica de los hechos, quedan pietajes y audios –privados y empresariales– que registran las mareas de indignación, de contentura y de ciudadanía que constituyen este verano puertorriqueño rotundamente barroco del “somos más y no tenemos miedo”.

La autora es catedrática retirada de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Puerto Rico y académica de número de la Academia Puertorriqueña de la Historia.